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El conjunto escultórico de la capilla pacega de Oca constituye un ejemplo de enorme interés por ser ilustrativo de la religiosidad y las devociones particulares de la nobleza gallega de mediados del siglo XVIII, de ahí que, aunque sin lugar a dudas José Gambino no intervino en la concreción de su programa iconográfico, resulte interesante destacar alguno de sus puntos más significativos.

El retablo mayor nos presenta dos líneas fuerza: la primera la constituye el mensaje de Salvación que se articula en torno al eje principal a través de la presencia del Cordero místico en el Sagrario y del relieve del Creador en el ático, coronando el conjunto. En este esquema también juega un papel esencial María, la nueva Eva y el nuevo arca de la alianza sin mácula, quien, con su aceptación de la salutación angélica, fue el medio necesario para que la Redención se pudiera llevar a cabo, de ahí que Esta, bajo la advocación de la Inmaculada, asimismo se figure en el lugar privilegiado de la calle central, al tiempo que para resaltar su carácter inmaculado se disponga justo debajo de Ella el relieve en que, a nuestro entender, se representa a uno de sus más fervientes defensores: san Bernardo. Además, la referida salvación para un católico de época sólo puede tener lugar en el seno de la Iglesia de Roma, a la que de hecho también se alude mediante las imágenes de Pedro y Pablo.

La segunda línea fuerza viene dada por el propio patrón de la capilla: san Antonio de Padua. Su personalidad se realza con la cita al fundador de su Orden, san Francisco de Asís, quien, como es tradicional, se acompaña del fundador de la otra Orden mendicante, santo Domingo de Guzmán. No obstante, el santo lisboeta es sobre todo un gran taumaturgo, de ahí que, como es habitual, se represente acompañado de san Roque de Montpellier, quien, a su vez, también lo está del otro gran abogado contra la peste, san Sebastián. Asimismo, en esta línea taumatúrgica es como posiblemente se justifique la presencia en los netos laterales del banco de san Benito de Nursia y de san Blas de Sebaste, en tanto en cuanto el primero contaba en Galicia con gran predicamento como abogado contra los males ocultos y el segundo contra las enfermedades de garganta, al tiempo que su presencia igualmente completaba la imagen de la Iglesia militante al significar respectivamente el clero regular y el clero secular.

En cuanto a las imágenes de santa Teresa de Jesús y san Francisco de Paula seguramente constituían otras dos devociones particulares de los mecenas, resultando poco frecuentes de encontrar a no ser en una esfera conventual y urbana y totalmente alejadas de lo que eran las piedades populares del rural galaico. Ambas, además, cumplían aspectos en los que el propio santo de Padua también destacaba: así la santa de Ávila incidía en su faceta de teólogo, mientras que el fundador de los mínimos lo hacía en su vertiente de humildad. Por otra parte, tampoco puede olvidarse que este último era también considerado un gran taumaturgo, aunque es posible que su devoción, muy extendida entre la nobleza, estuviese propiciada por el hecho de ser el abogado contra la esterilidad masculina y, precisamente, el tener descendencia y el poder transmitir el título era una de las principales preocupaciones de esta clase social.

En los retablos colaterales, la presencia en el ático de los apóstoles Santiago y Andrés enlaza con la representación de la Iglesia que veíamos en el mayor a través de las imágenes de Pedro y Pablo. En el del Evangelio, el tema devocional del Cristo de ánimas se lleva al cuerpo superior, mientras que el principal se aprovecha para figurar a los personajes primordiales que asisten a Jesús en el Calvario, lo que permite enfatizar el tema de la Dolorosa, cuya devoción se incrementa sustancialmente a medida que nos adentramos en el siglo XVIII. Lo mismo sucede con la Virgen del Carmen, dispuesta a su vez en el neto central del banco y cuya presencia, en tanto en cuanto que redentora de las ánimas del Purgatorio, refuerza el propio tema devocional del Cristo de ánimas, mientras que la representación de los dos santos jesuitas que la flanquean sólo se entiende en un ambiente culto y noble, siendo mínima en el rural galaico. Asimismo, la cita a san Ignacio de Loyola se hace muy apropiada, puesto que sus Ejercicios Espirituales constituyen la base desde la que establecer la meditación sobre la pasión que nos propone el retablo, recordándonos, además, que la mejor preparación para ‘bien morir’ es ‘bien vivir’, actitud de la que san Luis Gonzaga es un paradigma hasta el punto de haberse convertido en el patrón de la juventud católica.

El retablo de la Epístola, por su parte, posee un carácter fundamentalmente apotropaico. Así en el ático se representan el santo Ángel de la Guarda, beneficio que Dios envía al hombre para que lo ampare, defienda y mire por él ante los “...grandes, astutos y poderosos enemigos, que en este camino tan oscuro, deleznable y peligroso como leones hambrientos lo rodean y sin cesar lo persiguen...”, y el Arcángel san Miguel, príncipe de la celestial milicia presto siempre a derrotar al demonio en aras del triunfo de la gloria y majestad de Dios. En el cuerpo principal el carácter de protección se recoge a partir del santo del nombre, en este caso Fernando, de san José, el abogado de la buena muerte e, incluso, del propio san Ramón Nonato quien, más allá del patrón de las parturientas, es también abogado para no morir sin haber recibido el viático como nos recuerda la Custodia que porta como atributo. Abogacía de la buena muerte que asimismo comparte santa Bárbara, cuyo culto se incrementó si cabe más en la ciudad de Santiago a partir de las tormentas de los años de 1729 y 1731, la cual, dispuesta en el neto central de la predela, se encuentra a su vez flanqueada por santa Catalina, otra extraordinaria valedora en el momento de la muerte según la promesa que le hace Jesús en su martirio, como ya se explicaba en La leyenda dorada,y por santa Lucía de Siracusa, la abogada de las enfermedades de los ojos.


RÉAU, Louis: Iconografía del arte cristiano. Iconografía de los Santos.2, vol. 3. Barcelona, 1996,  p. 565.

GONZÁLEZ LOPO, Domingo L.: “Las devociones religiosas en la Galicia Moderna. (Siglos XVI-XVIII)”, Galicia renace. Santiago de Compostela, 1997, p. 303.

Ibidem, p. 302.

RIBADENEIRA, Pedro (de): Flos Sanctorum. Nuevo Año Cristiano. Vida de los Santos (Madrid, 1599). III, Cádiz, 1863, p. 61.

Además, se trata de un Santo que también conoce un importante incremento de su devoción a lo largo del siglo XVIII. GONZÁLEZ LOPO, Domingo L.: “Las devociones religiosas en la Galicia Moderna. (Siglos XVI-XVIII)”, Galicia renace... op.cit. p. 297.

OTERO TÚÑEZ, Ramón: “Santa María del Camino”, Segunda Semana Mariana en Compostela. Santiago de Compostela, 1996, p. 112.

“Al llegar al lugar en que la sentencia iba a cumplirse, Catalina levantó sus ojos al cielo y exclamó:
-¡Oh esperanza y salvación de los creyentes! ¡Oh esplendor y gloria de las vírgenes! ¡Oh Jesús rey de bondad!¡Te suplico que escuches benignamente y favorablemente despaches las peticiones y deseos de cuantos, puestos en cualquier tribulación o a la hora de su muerte, recordando mi martirio invoquen mi nombre!
Respondiendo a esta plegaria oyose entonces una voz procedente de lo alto que decía “¡Ven amada mía, esposa mía, ven! ¡Ven, que ya están abiertas las puertas del paraíso para que entre en él! ¡Yo te prometo que ampararé con mis divinos auxilios a todos los que recuerden lo mucho que has sufrido por mí y honren tu memoria!”.
VORÁGINE, Santiago (de la): La leyenda dorada (ca. 1264). 2, cap. CXXIV. Madrid, 1996, pp. 771-772.

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