La fundación del convento de San Francisco de Santiago se remonta al año 1214, momento en que el Santo de Asís vino a Compostela a visitar el sepulcro del apóstol, hecho que conmemora una inscripción del siglo XVI sita en la portería del convento. Este se levantó en un amplio valle, conocido como Valle de Dios; concretamente, en los terrenos que los monjes benedictinos de San Martín Pinario cedieron a los franciscanos a cambio de la simbólica entrega anual de un cesto de peces.

Del siglo XIII apenas sí hay alguna información sobre las obras llevadas a cabo. Hay que esperar a mediados del siglo XIV para encontrar documentación relativa a la construcción de una iglesia. Esta, como otras franciscanas gallegas, respondía a una planta de cruz latina de una sola nave y con una o tres capillas en la cabecera. Estaba orientada y se levantaba en el lugar donde actualmente se encuentra la portería del convento; además, el actual pórtico del templo ocupa el espacio de la capilla  mayor de la primitiva iglesia.  Anexo a esta  por el lado del  evangelio lse

 
encontraba el claustro, del que a día de hoy todavía se conservan los arcos de entrada a la sala capitular: cinco arcos doblados apuntados con tracería formada por dos arcos trilobulados y un óculo. En las bases y capiteles de las columnas que los sostienen se representan monstruos y aves entre follaje y temas franciscanos; riqueza y variedad que hace pensar en una cronología próxima al primer tercio del siglo XV. En esta sala capitular se reunieron las Cortes en presencia de Carlos V el 31 de marzo de 1520.

A principios del siglo XVII, el convento de San Francisco se encontraba en muy mal estado de conservación. Ello explica las obras que, a partir de ese momento, se acometieron en el mismo comenzando por el claustro sur o claustro de la portería, sito entre la sala capitular y la actual portería conventual. Este fue financiado en su mayor parte por D. Maximiliano de Austria, lo que lleva a pensar que el autor de las trazas fuese JÁCOME FERNÁNDEZ, quien en ese momento de 1611 era el maestro de obras de la catedral y había sucedido a Ginés Martínez, arquitecto llegado con el séquito del propio arzobispo Maximiliano; el austero clasicismo del claustro, similar al del Colegio compostelano de San Clemente, obra de Fernández, parece confirmar dicha autoría.

En la década de 1630 se edifica el claustro norte, encontrándose finalizado en 1644. El autor de las trazas posiblemente haya sido JUAN GONZÁLEZ ARAÚJO, quien estaría siguiendo el proyecto de su padre, Benito González de Araújo, para el hoy desaparecido claustro del Colegio de la Compañía de Jesús y que conocemos a través de la documentación. Así, como este, plantea un claustro de dos cuerpos columnarios, solución arcaizante para aquel momento puesto que se trata del modelo típico de claustro compostelano de finales del siglo XVI.

En 1705, FRAY ANTONIO FERNÁNDEZ acomete la obra de la enfermería, costeada por el arzobispo Monroy, y en 1719 la sala capitular y biblioteca. Mayores pretensiones tuvo la construcción del refectorio, levantado al norte del segundo claustro. Su autor, a juzgar por las ménsulas placadas que sostienen los arcos fajones de la bóveda de cañón o el retablo pétreo que lo preside, debió de ser SIMÓN RODRÍGUEZ, arquitecto al que unos años más tarde le encargarían la construcción de la actual iglesia.

Concretamente, este la proyecta en 1740 y se encarga de dirigir su construcción desde su comienzo, en 1742, hasta su muerte en 1752. En este momento todos los elementos estructurales, excepto las bóvedas, estaban ya definidos, de manera que los maestros que lo sucedieron en la dirección de las obras –primero, FRAY MANUEL DE LA PEÑA (1752-1769) y, luego, FRAY FRANCISCO DE MIRA (1770-1774)- se limitaron a seguir su trazado. La iglesia responde a la tipología más usual de templo religioso: planta de cruz latina inscrita en un rectángulo, con un presbiterio muy profundo y una amplia sacristía. No obstante, este modelo habitual lo convierte Rodríguez en singular a partir de sus característicos motivos geométricos de gran fuerza plástica. Así, el templo, en consonancia con sus notables proporciones, presenta gran altura, la cual se ve potenciada ópticamente a través de las pilastras toscanas que enmarcan los arcos de las naves laterales y los de las tribunas; en los fustes de estas pilastras y en las placas del sumóscapo se manifiesta la peculiar gramática del arquitecto, que se impone también con fuerza en otros puntos como son los marcos pétreos de los retablos del crucero y el cilindro dispuesto sobre la puerta que comunica el templo con el claustro. Estos elementos placados, junto con la ruptura y vuelo de la cornisa, reclaman la atención hacia las partes altas.

A diferencia de lo que sucede con el interior de la iglesia, la fachada proyectada por Simón Rodríguez, y dirigida tras su muerte por FRAY MANUEL CAEIRO, sí sufriría importantes cambios motivados por la Academia de San Fernando. Esta, tras recibir una copia del proyecto en 1778, dictaminó “ser cosa extravagante y totalmente agena a las reglas del arte”, lo que provocó que se redujera la decoración de formas geométricas características de Rodríguez –se mantuvo del proyecto original el enmarque de la puerta y del nicho que acoge la escultura de san Francisco, obra de JOSÉ FERREIRO-, que se limitara el avance de las columnas centrales y que se anulara el ímpetu vertical que regía la traza de 1740. Ímpetu ascensional similar al de la fachada catedralicia del Obradoiro que Fernando de Casas comienza en 1738 y que responde a una fórmula organizativa de las fachadas alemanas de la época.

El templo, por lo tanto, comenzado en 1742 no se concluiría hasta 1787, aún cuando el 25 de abril de 1764 fue ya bendecido por el arzobispo Rajoy.

Bibliografía.

FOLGAR DE LA CALLE, M.ª C.: “Convento de San Francisco”, Santiago de Compostela. A Coruña, 1993, pp. 318-330.