A partir de la investigación del Profesor Fernández Castiñeiras, sabemos que para el retablo mayor dieron planos MIGUEL FERRO CAAVEIRO, a quien el 27 de diciembre de 1767 se le pagan “trescientos Reales vellón por la planta”, y LUIS LORENZANA, quien el 10 de julio de 1769 recibe “seiscientos reales por la planta”. Todo hace pensar que, al final, el diseño escogido fue el de este último.

Se trata de un personaje muy interesante. Natural de Lourenzá (Lugo), era un profesional de la Armada que, en sus momentos libres en el mar, se dedicó a reflexionar sobre arquitectura, llegando a redactar un curioso manuscrito en el que proponía la creación de «un orden de arquitectura»; manuscrito que, presentado en la Academia, le valió el rango de académico y cierto prestigio en la Corte. En Santiago, Luis de Lorenzana intervino activamente en la discusión entre el arzobispo y el administrador del Hospital Real sobre la mejor localización del Seminario de Confesores, de ahí que no resulte extraño que dicho administrador le encargase a él los planos para el retablo mayor de  la capilla.  A ello cabe sumar que Lorenzana debía

 
gozar en Compostela de cierto predicamento en este cometido al haber diseñado dos años antes, en 1767, el retablo mayor del monasterio cisterciense de Sobrado dos Monxes -para el que José Gambino y José Ferreiro acometen la escultura- en el que, precisamente, empleaba por vez primera el orden de su invención. Durante muchos años se creyó que con la desaparición de esta obra, trasladada a Australia tras la desamortización, se había perdido la única realización que, de este orden, había llevado a cabo en nuestro país; sin embargo, el presente retablo, donde encontramos plasmados los capiteles del orden español de Lorenzana, desmiente tal aseveración.

Parece ser que la ejecución del retablo corrió a cargo de GREGORIO FERNÁNDEZ, quien cobró “por la madera y hechura del Pabellón de dicho retablo, seiscientos reales”, mientras que la cruz y la sábana son obra del hijo de José Gambino, TOMÁS GAMBINO, a quien el 14 de septiembre de 1771 se le pagaron “ciento sesenta y cuatro reales en que tiene ajustado los colgajos y Sabana Santa”.

En cuanto a la escultura de la Piedad que preside el retablo no se tiene documentación. Desde Manuel Murguía se viene atribuyendo a ANTONIO FERNÁNDEZ “EL VIEJO”. Lo más destacable de la pieza, aparte de su calidad aceptable, es su singularidad formal, puesto que se mantiene alejada tanto del influjo naturalista de los herederos de Miguel de Romay o del carácter de bibelot de las obras de Pedro Antonio Mariño, como de las principales aportaciones del taller Gambino-Ferreiro, tratando de proporcionar una formulación clasicista a los modelos derivados de la escuela barroca castellana para lo cual tiende a una composición piramidal, recurre a una sobria policromía naturalista, sin dorados, y busca enfáticamente la plasticidad de los pliegues, lo que la lleva a renunciar a los aristamientos tan típicos de la escultura gallega y española del momento.

En los pedestales que soportan las columnas del retablo se representan dos escenas al óleo en las que se figura Jesús camino del Calvario y La erección de la Cruz. Su artífice fue MANUEL LANDERIRA BOLAÑO, quien las acomete en 1772.  

En cuanto a los retablos colaterales, realizados por mandato testamentario de D. Antonio Crisóstomo Montenegro y Páramo, canónigo de la catedral compostelana y administrador del Hospital Real, los contrató, con su imaginería, FRANCISCO DE LENS en 1783. Lens acostumbraba encargar las obras escultóricas de los retablos que acordaba a José Gambino o Antonio Fernández. En este caso, teniendo en cuenta la fecha tan avanzada de la encomienda como que estos dos maestros se encontraban ya muertos, lleva a plantear que el autor de la misma sea su propio hijo ALEJANDRO, quien, diez años más tarde, al contratar el retablo de Santa María de Vaamonde (Teo, A Coruña), se declara “escultor y maestro de arquitectura”. Las piezas presentan una calidad aceptable y combinan eclécticamente las aportaciones de la escultura compostelana del tercer cuarto del siglo XVIII, principalmente del taller de los herederos de Miguel de Romay –muy claro en el san Cayetano- y del de Gambino-Ferreiro –apreciable en los paños de san Fructuoso y en el engarce de la cabeza de san Antonio Abad-.

Bibliografía.

LÓPEZ VÁZQUEZ, J. M.: “San Fructuoso”, Santiago de Compostela. A Coruña, 1993, pp. 230-239