La actual parroquia de San Fructuoso, que en su fundación estaba localizada en la propia catedral, forma parte de la capilla de las Angustias que levanta el Hospital Real al lado de su cementerio gracias a las limosnas de los compostelanos y, sobre todo, a la aportación devota y agradecida de un peregrino granadino que fue curado de una grave enfermedad en dicho Hospital.  

La capilla comienza a construirse en 1754 y, aunque fue atribuida a distintos arquitectos, hoy está comúnmente aceptado que es obra de LUCAS FERRO CAAVEIRO, el principal arquitecto compostelano del momento. Como resulta característico de su producción, la capilla se inspira tanto en la arquitectura de Fernando de Casas y Novoa como de Simón Rodríguez. Del primero toma el diseño centralizado del espacio –no se olvide que la Capilla de los Ojos Grandes de la catedral de Lugo proyectada por Casas constituye el primer plan central levantado en Galicia- y lleva al interior el gusto por las proporciones, el amor por el detalle –véanse los acodamientos de las pechinas o los arcos  polimixtilíneos del coro alto-,  la decoración pequeña y

 
preciosista, a veces de corte naturalista –como la de acantos de las pechinas y que ahora, por la moda del momento, adquiere una clara disposición asimétrica de formas más o menos arrocalladas- y el arranque del tambor de la cúpula, ornamentado con un friso de mutilos y casetones conforme fórmula bien querida del gran maestro compostelano. Del segundo toma el enmarcamiento aplacado y geometrizante de los nichos dispuestos a ambos lados del presbiterio y, sobre todo, las soluciones que adopta en la conformación de la fachada: el movimiento de su planta, el juego teatral y desafiante de la gravedad al ganar volumen a medida que se eleva en altura y la potenciación de un eje vertical donde dispone los principales motivos estructurales y decorativos: la puerta central, el nicho sobre ella –que, como sus enmarcamientos, remite al de la iglesia compostelana de San Francisco-, el enorme escudo de España y el campanario acrótero que, más movido y menos pesado, deriva del de la también iglesia compostelana de San Fiz de Solovio.  


A lo dicho cabe añadir el gusto por una arquitectura mucho menos monumental y más aérea que la de sus dos referentes, que fusiona las distintas artes –arquitectura, pintura y escultura- y que encuentra su culminación en la balaustrada que corona la fachada, la cual se remata con los típicos pináculos de tradición compostelana -tradición que deriva de la balaustrada de la catedral de la Plaza de la Quintana-. Este gusto por la fusión de las artes, el dinamismo –con un sutil, aunque enfático, juego polimixtilíneo y, sobre todo, de curvas, concavidades, convexidades y asimetrías-, la gracia, el carácter aéreo y la renuncia a la monumentalidad por unas proporciones mucho más humanas no hace sino más que remitir al espíritu rococó del momento.

En cuanto a la iconografía de la fachada, en esta se desarrolla un programa dictado por la presencia de la muerte y la vida futura como corresponde a un edificio que, no se olvide, nace como capilla de un cementerio. Así, en el nicho principal se representa el tema de la Piedad o Quinta Angustia, a la que, precisamente, estaba dedicada el templo. A ambos lados del nicho se disponen dos medallones con sendas representaciones de un alma del purgatorio, las cuales, posiblemente, incidan en la devoción piadosa del alma sola, mientras que el conjunto se corona con las cuatro Virtudes Cardinales, cuya práctica es el mejor camino para alcanzar la salvación. Como nota anecdótica cabe señalar que por los atributos de estas cuatro Virtudes, asimilables a los palos de la baraja española, esta Iglesia se conoce popularmente en Santiago como la de los cuatro palos de la baraja. Por último, el gran escudo de España, que completa la ornamentación de la calle principal, alude al principal propietario y promotor de la capilla, la Corona, puesto que, como hemos referido, estamos ante una dependencia del Hospital Real. 

El resultado es una obra que, principalmente en su interior, constituye una de las joyas de la arquitectura compostelana dieciochesca.

Bibliografía.

LÓPEZ VÁZQUEZ, J. M.: “San Fructuoso”, Santiago de Compostela. A Coruña, 1993, pp. 230-239.