En 1577 se funda en Santiago el Colegio de Jesuitas por iniciativa del arzobispo D. Francisco Blanco. Este, no sólo reclamó la presencia de la orden en la ciudad, sino que, además, adquirió para la misma, concretamente en 1578, el antiguo convento de franciscanas de Santa María a Nova; ello permitió disponer a los jesuitas, desde casi su llegada a Compostela, de un edificio conventual y de una iglesia medieval.

El edificio conventual, como no se adaptaba a sus necesidades, es renovado y ampliado muy pronto. De hecho, en 1580, el Rector envía a Roma las trazas del colegio para su supervisión y en 1587 da comienzo la obra. Esta se inicia por el pabellón destinado a vivienda, encargándose de la misma ANDRÉS ZORLADO. El claustro y las dependencias anexas a él –aulas de Filosofía y Teología, biblioteca, etc.- se levantaron en etapas sucesivas, encargándose de su construcción los distintos arquitectos que en aquel momento se encontraban en Compostela: en 1608,  BENITO  GONZÁLEZ  DE  ARAÚJO  traza   y  levanta  el

 
lienzo sur del claustro; en 1636, BARTOLOMÉ FERNÁNDEZ LECHUGA, contrata las crujías este y norte; y, en 1667, MELCHOR DE VELASCO el lienzo oeste. El resultado fue un claustro de dos cuerpos columnario, solución arcaizante puesto que se trata de la estructura claustral típica del Santiago de finales del siglo XVI. Estas dependencias del colegio y convento no se conservan al haber sido derruidas cuando el edificio, tras la expulsión de los jesuitas, fue cedido a la Universidad.  

La iglesia medieval, en cambio, fue utilizada hasta muy avanzado el siglo XVII. De hecho, la primera obra de renovación del templo data de 1648, momento en que se construye y amplía la capilla mayor. A continuación, en 1660 BERNARDO CABRERA acomete el crucero con su media naranja; en 1662, JOSÉ DE LA PEÑA DE TORO construye la capilla de San José entre el presbiterio y el brazo sur del crucero; y, entre 1670 y 1673, DIEGO DE ROMAY levanta el cuerpo de las naves y la fachada. El edificio resultante responde al tipo de templo jesuítico de planta de cruz latina inscrita en un rectángulo y con tribuna sobre las capillas laterales. Iglesia totalmente abovedada en la que destaca por su singularidad la solución de la cúpula gallonada: esta presenta unas estrías que encierran unos baquetones convergentes en la base de la linterna configurando una especie de vieira, de manera que la luz incide en la superficie ondulante originando efectos claroscuristas. Por lo demás, la sobria articulación de la capilla mayor a partir de unas pilastras lisas de orden toscano se mantuvo en el cuerpo de las naves, aunque en estos Diego de Romay no renunció al juego lumínico fruto de las molduras de los arcos de acceso a las capillas laterales y a los triángulos resaltados de los enmarcamientos de los lunetos.

La fachada se rige por el mismo criterio de sobriedad que el interior, resultando de un clasicismo casi palladiano con sus cuatro grandes pilastras toscanas sobre pedestales y balaustrada pétrea de remate. Aquí, Diego de Romay aún se muestra deudor de Melchor de Velasco; a partir de esta intervención, su obra tenderá hacia un mayor decorativismo fruto de la personalidad impactante de Domingo de Andrade. En cuanto a la torre con que se remata la fachada, esta no responde al proyecto de Romay. Se levanta en 1719, según la inscripción del entablamento de su primer cuerpo. Su solución, de planta rectangular con dos cuerpos decrecientes y el cupulín rematado en un pináculo, fue puesta en relación con el campanario que en 1675 se levanta en San Martín Pinario, si bien su articulación se vuelve aquí más sobria en concordancia con el resto de la fachada.    

Bibliografía.

FOLGAR DE LA CALLE, M.ª C.: “Xesuítas”, Santiago de Compostela. A Coruña, 1993, pp. 398-403.