Después de superar múltiples vicisitudes, como la falta de dotación económica y la oposición de las órdenes religiosas compostelanas –excepto la de los jesuitas-, la Madre María Antonia de Jesús funda en el año 1748 en Santiago el primer convento que las carmelitas descalzas tuvieron en Galicia. Asentada en la ciudad desde el quince de octubre de 1748, su primer objetivo fue el de encontrar un espacio para construir el convento. Surge entonces la figura de don Félix Rodríguez Dávila, quien obtiene del duque de Priegue la cesión de la huerta de recreo que tenía frente al convento de Santa Clara. Conseguido el terreno, el dieciséis de julio de 1753 dieron comienzo las obras conforme el proyecto de FRAY JOSÉ DE LOS SANTOS, un tracista navarro experto en edificios conventuales carmelitanos.     

En la primera fase constructiva del convento se proyectaron las dos alas sobresalientes y desiguales que alojan las partes fundamentales del edificio: al suroeste, el convento, con la cocina, refectorio y provisoria, en la planta baja, y celdas, enfermería y otros servicios, en la superior;  al  noro-

 
este, sacristía abajo y noviciado arriba, con escalera propia, celdas y oratorio. Ambas zonas se comunican tras la rehundida fachada mediante zonas comunes: coro bajo, ante coro de profundis y escalera principal. Completaba esta construcción el arranque de otra ala situada hacia el sur, cuya parte inferior se reserva para bodega y más provisorias y la principal para celdas. Todo el conjunto resulta típicamente teresiano por su funcionalidad, sobriedad y fortaleza.

D. Simón Díaz de Rábago, penitenciario de la catedral, fue el animador de la segunda etapa constructiva del convento en la que se acomete el claustro y “una pieza de recreación, corredor de sol y ropería y panera”, dependencias estas últimas que se proyectan hacia dicho patio mediante balcones sostenidos por hierros encima de las arcadas inferiores. En cuanto al claustro, los tramos de cada lado, con sus rotundos volúmenes, armoniosas proporciones y severos paramentos lisos, se supeditan al ritmo igualitario de las arcadas de medio punto y al trazado de las bóvedas de aristas. Los ángulos muestran sendos nichos ciegos, de orden toscano y remates semicirculares, que acogieron retablos o imágenes; hoy, uno de ellos, contiene el sepulcro de la fundadora.

La tercera etapa constructiva se inicia bajo el pontificado del arzobispo don Francisco Bocanegra (1773-1782) en agradecimiento a la comunidad por haber admitido en la misma a M. Josefa de Santa Teresa. En dicha etapa se completa la peculiar estructura de los conventos femeninos, con el zaguán del torno, puerta reglar, portería y locutorios, en la planta baja, y sala capitular y oficinas, en la superior. De nuevo, su austeridad y elegancia arquitectónica reflejan el espíritu teresiano.

En cuanto a la iglesia, a pesar de su cronología tardía –se finaliza en el año 1792-, sigue el modelo exigido por las Constituciones de Pastrana de 1602: planta de cruz latina, alzado pautado mediante pilastras y entablamentos toscanos –este orden, tradicionalmente vinculable a la fortaleza viril, alude aquí a la de las descalzas, capaces de soportar el ascetismo impuesto por santa Teresa-, abovedamiento de cañón con lunetos y coro alto adosado a la fachada. No obstante, a partir de este modelo arquetípico, se introducen algunas variantes. Para empezar, conforme a la Iglesia del Corpus Christi de Alcalá de Henares donde la fundadora había sido priora, el templo compostelano presenta dos coros: el bajo orientado hacia el presbiterio y el alto encima del nártex. El primero, de acuerdo a las directrices de fray José de los Santos, constituye un amplio recinto de planta rectangular, cubierto por bóveda de arista, cuyos lados mayores acogen la sillería monástica.

La segunda innovación de la iglesia respecto a lo preceptuado en las constituciones de Pastrana es la presencia de tribunas hacia el presbiterio y crucero, solución que debió de ser vista por la fundadora durante su viaje por Portugal, concretamente al visitar el convento de las carmelitas de Coimbra. Para ella, el objetivo de la misma era aislarse a solas con Dios.

Finalmente, la tercera novedad de la iglesia compostelana estriba en la adición de dos capillas en los ángulos de intersección de crucero y nave, solución que posiblemente aportase el propio fray José de los Santos y cuyo antecedente se encuentra en obras de mediados del siglo XVII como las de Boadilla del Monte o Peñaranda de Bracamonte, edificadas por fray Juan de San José. 

Todos estos añadidos hechos a una estructura de filiación manierista acusan las nuevas necesidades de culto y el cambio de gusto del que también hace gala la fachada. Su aspecto global refleja enseguida su pertenencia a la orden de santa Teresa: pórtico tripartito y entradas laterales hacia convento y hospedería, escudo sin labrar entre ventanas, hornacina de la imagen titular y aletones curvilíneos atando las calles de ambos lados a la central a la manera viñolesca, coronada por el típico frontón con su óculo. Sin embargo, ahora, en la iglesia compostelana, el rectángulo central, en vez de delimitarse de arriba abajo a partir de la antigua ordenación palladiana de gigantescas pilastras toscanas como en los edificios carmelitas anteriores, se organiza en dos cuerpos; dichas pilastras se acomodan en número y canon a la nueva organización. Un espíritu nuevo parece, pues, imponerse: la horizontalidad triunfa sobre la verticalidad palladiana y se vuelve a la utilización correcta de los órdenes clásicos. Estamos en la última década del siglo XVIII, momento en que el neoclasicismo domina ya en la mayor parte de las edificaciones civiles y religiosas.

Bibliografía.

FOLGAR DE LA CALLE, M.ª C.: “Convento das Carmelitas Descalzas”, Santiago de Compostela. A Coruña, 1993, pp. 416-418.

OTERO TÚÑEZ, R.: “El Carmen de Arriba (Carmelo de Santiago). Arquitectura y escultura”, IV semana Mariana en Compostela. Santiago de Compostela, 1999, pp. 111-123.