En el año 1305, Dña. Teresa González dona a los dominicos de Santiago y A Coruña unos bienes destinados a la construcción del primer convento femenino de la orden en Galicia. El lugar escogido para su edificación fue al este de la ciudad compostelana, concretamente en la ladera del Viso. En 1309 ya habían dado comienzo las obras y en 1314 ya se encontraban instaladas la priora y dos hermanas procedentes  de  Zamora.  Las obras

 
prosiguieron a lo largo del siglo XIV, si bien avanzaron con lentitud debido tanto a la falta de donaciones, como a la condición social de las monjas –en su mayoría hijas de burgueses compostelanos-. De hecho, aún en 1350 se manda levantar la capilla mayor, lo que indica que en ese momento se estaba construyendo la cabecera. De esta iglesia medieval sólo se conserva a día de hoy el último tramo de la nave con la techumbre de madera apoyada sobre un arco perpiaño, los dos contrafuertes correspondientes a dicho arco y el piñón de la fachada rematado en un carnero con cruz antefija aún visible en el ángulo formado por la capilla de la Virgen del Portal y la Portería.


A finales del siglo XVI esta iglesia, como todo el edificio conventual, “están para caerse”. Ello motivó su reedificación, si bien de forma muy lenta debido, una vez más, a la falta de medios de las monjas. Así, en 1664, gracias a los donativos de cabildo y ayuntamiento, se le encarga a MELCHOR DE VELASCO la construcción del lienzo sur del claustro destinado a vivienda. Tendrán que pasar bastantes años para que las hermanas, ahora gracias al donativo del arzobispo fray Antonio de Monroy, puedan proseguir con la reedificación del convento. Concretamente, este costea las obras de la portería con la vivienda del vicario, locutorios y celdas, así como la crujía occidental del claustro y la torre; obras todas que Monroy confía a FRAY GABRIEL DE CASAS. Todo se rige por un criterio bastante funcional, empleándose cantería sólo en la fachada de la portería, donde la nota enriquecedora corre a cargo del escudo del arzobispo situado en el eje de la puerta sobre el vano principal; escudo que reaparece en el segundo cuerpo de la torre. Esta se levanta a los pies de la iglesia gótica, sirviendo su base como comunicación entre la iglesia, el convento y la capilla de la Virgen del Portal.

Esta última, inaugurada en el año 1694 y construida gracias a las limosnas, tiene su origen en la devoción que se generó en torno a la imagen gótica de la Virgen con el Niño que todavía a día de hoy preside su retablo mayor –en torno a la misma se creó una leyenda que hablaba de su hallazgo en los cimientos de una pared en el momento de su construcción- y en los poderes curativos atribuidos al agua de una fuente allí existente. En cuanto a su autoría se barajan los nombres de DOMINGO DE ANDRADE y FRAY GABRIEL DE LAS CASAS.

En cuanto a la Iglesia, esta, levantada sobre el terreno de la anterior iglesia gótica, fue proyectada por FERNANDO DE CASAS. En 1725 dio comienzo su construcción y en 1737 sólo faltaban por levantar las bóvedas de los coros alto y bajo; sin embargo, debido a la falta de dinero, la obra se interrumpió en ese momento, quedando, finalmente incompleta, como se aprecia en la puerta de acceso, pensada para estar albergada por un pórtico del que sólo se llegó a realizar el arranque de los arcos. Al interior, la iglesia presenta una planta casi de cruz griega debido a la escasa longitud de su nave y la profundidad de la capilla mayor. Esta se divide en dos tramos: el primero, más amplio, presenta arcos de medio punto que enmarcan los retablos laterales; y, el segundo, más corto, puertas para las sacristías. La articulación de los muros, a partir de grandes pilastras con un cajeado muy profundo y un entablamento sólo desarrollado totalmente en los puntos correspondientes a dichas pilastras, manifiesta la severidad constructiva de Casas. Cabe destacar el marco pétreo del comulgatorio, abierto en el brazo sur del crucero. Este es el único punto de la iglesia donde se evidencia el sentido ornamental de Fernando de Casas, puesto que en el resto del templo domina la sobriedad, quizá sugerida por las propias monjas que aún tenían pendiente la reedificación de parte del convento.

Será FRAY MANUEL DE LOS MÁRTIRES el encargado, entre 1749 y 1755, de construir las crujías norte y este del claustro, cerrándolo definitivamente, así como el nuevo refectorio.


Bibliografía.

FOLGAR DE LA CALLE, M.ª C.: “Convento de Santa María de Belvís”, Santiago de Compostela. A Coruña, 1993, pp. 372-377.